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Cuentos
Procusto

Procusto

Cuento de terror slasher publicado en Revista Ragnarök Nro. 10 (Mayo de 2019).

Ilustración: Damian Duarte.

PROCUSTO

El campo era un incendio mudo y transparente en el que un árbol retorcido perseveraba de vez en cuando. El pasto se desbandaba en franjas amarillentas, grises, rojizas, como si parodiaran un lienzo de Van Gogh. Todo se petrificaba bajo ese sol de radiografía. Incluso las nubes de polvo que la Zanella 200 levantaba tras de sí permanecían fijas en ese aire de escándalo. Pulga detestaba ese paisaje. Lo único que le traía a la memoria eran los chamamés llorones en la radio portátil de su papá los domingos a las siete de la mañana. ¿Qué clase de gente elegía la mañana de un domingo para escuchar chamamé a todo volumen? En esos días todavía lo llamaban Pulgarcito. Le tocaba compartir la cama con los gemelos mayores que él y se tenía que amañar entre las piernas de ese par de bandidos. De hecho, cada vez le resultaba más difícil ganar espacio. Pulga había comenzado a estirarse tan de golpe que, de un día para otro, la cama entera dejó de alcanzarle. Sin embargo, Pulga lo mismo se hacía lugar en ese territorio en disputa a costa de dejar a sus hermanos colgando de los bordes: él estaba dispuesto a arreglárselas como fuera con tal de no dormir sobre ese suelo donde los alacranes pirueteaban a su antojo. Una de esas noches, los gemelos tramaron una alianza a fin de recuperar los terrenos de los que Pulga se había apropiado sin permiso. Pasadas las doce, en medio de la oscuridad se desató una batalla campal de patadas y almohadonazos. La contienda acabó cuando el papá se apareció en la pieza de golpe, sosteniéndose los calzoncillos deshilachados bajo la casaca de Huracán que usaba siempre como piyama, e impuso un armisticio a fuerza de cintarazos. Luego de ese episodio, los gemelos abreviaron su sobrenombre y comenzaron a llamarlo Pulga.

—No por lo chiquito —repetían ellos acortando con la diferencia de edad la diferencia de estatura que los iba dejando en desventaja— sino por lo picante.

Pulga avanzaba a velocidad invariable sobre una recta infinita. El motor de la Zanella 200 abría un tajo en ese silencio geométrico. La ruta de tierra se desplegaba como el trazo de un pincel inseguro y maltrecho: sus aristas se perdían entre los manchones de pasto y las huellas endurecidas por el sol. Allá adelante, el horizonte prometía cúmulos de árboles que en verdad no eran más que espejismos: el idioma de ese desierto de tierra áspera y pastizal quemado no conocía la palabra sombra. Pulga había acometido ese camino sin planearlo mucho. De hecho, todo lo que antecedía a este viaje había ocurrido como en los trailers de los VHS que solían alquilar con los gemelos los sábados a la noche. Unas horas antes, Pulga se divertía en la fiesta de quince de la prima Natacha. La música de carnaval hacía temblar los muros de la escuela Illia. Moviendo sus contactos en la municipalidad, la tía Úrsula había conseguido que le alquilaran el patio del colegio. Había venido gente de las 322, de las 310, de las 226, cada cual con un asunto a resolver con los de las otras viviendas. Por eso, la tía Úrsula había contratado a unos cuantos agentes de la Comisaría Octava. Los policías rondaban la pista y cada tanto, con la excusa del calor que les provocaba el uniforme, compartían un trago de cerveza con los mozos. Pulga bailaba con Lili. Habían pasado casi toda la fiesta charlando y bebiendo el vino fino que la tía Úrsula había mandado traer de Mendoza. Hacía poco que Lili se había separado de Rodeo y —según se había enterado Pulga— en no muy buenos términos.

—¿Por qué te llaman Lili? —preguntó Pulga inclinándose para llegar hasta el oído de ella.

—Porque dicen que nací en Liliput —contestó Lili poniéndose en puntas de pie para llegar hasta el oído de él.

Lili y Pulga soltaron una risa bajita, pudorosa, hecha de una complicidad infantil que, apenas un segundo más tarde, una carcajada rencorosa vino a amedrentar.

—Qué pareja más dispareja —dijo Rodeo palmeándole la espalda a Pulga—. Me muero de risa al imaginar cómo se arreglarán en la cama ustedes dos.

—Y a vos qué puta te importa —le contestó Pulga apartando a Rodeo de un manotazo.

—Mi gente, no te ofendas. Solo quiero que me cuentes por qué te dicen Pulga, si se nota que sos bien alto —insistió Rodeo—. Capaz te llaman así porque sos bien chiquito en otro lado.

—Caú malparido —masculló Pulga ya fuera de sí.

Igual que una yegua mal acostumbrada, la Zanella 200 comenzó a resoplar y disminuir la marcha. En uno de esos berrinches, Pulga descuidó el camino y tropezó con el fémur pelado de una vaca. No rodó sobre el arenal de puro guapo, y porque además no era la primera vez que derrapaba en una carretera accidentada. Pulga ya había examinado sus reflejos durante las apuestas concertadas en las callejuelas polvorientas del barrio Santa Teresita, donde lo único que se oía a la madrugada era el motete de las ranas. La que no siempre era de fiar era la Zanella 200. Por eso Pulga —no sin cierto cariño— le llamaba la retobada. La siesta antes del Quince la había desarmado en el patio ya que se venía portando peor que nunca. Sin embargo, después de revisarla minuciosamente, no le había encontrado falla. Menos mal que había decidido rearmarla antes de salir para la fiesta de la prima. Menos mal que había arrancado a la primera patada.

—¿Qué hiciste? —le increpaba Lili desde el suelo—. ¿Qué hiciste?

Pulga no contestaba. Lili parecía articular palabras en un idioma que él no sabía traducir.

—Rajá, Pulga —le repetía uno de los gemelos mientras lo empujaba—. Rajá de acá.

A su alrededor la gente seguía bailando. Salvo Lili y el gemelo, nadie había notado el puñal que le temblaba en la mano y que todavía chorreaba sangre. Nadie había comprendido que Rodeo yacía en el suelo no a causa de su terrible borrachera sino por el dolor inesperado que le había doblado las rodillas. Un segundo antes, Rodeo había buscado la .32 bajo el saco, pero Pulga le había ganado de mano con la cuchillada. Ahora Rodeo chillaba y pataleaba panza arriba como un armado recién sacado del agua. A su lado, Lili sollozaba y trataba de limpiarse la mancha roja que comenzaba a invadir sus volados de raso.

—Rajá, boludo —insistía el gemelo mientras arrastraba a Pulga hacia la salida—. Perdete antes de que los canas se aviven.

Pulga se abrió paso entre los que se apiñaban en el umbral con la esperanza de colarse en la fiesta. Se internó en los corredores de la plaza San Pantaleón, poblados de parejas clandestinas y de fumadores de marihuana. A la orilla de la calle Las Piedras se empinaba el tanque como una araña prehistórica, petrificada en un coma del que era preferible no imaginar cuándo retornaría. De golpe, comenzaron a sonar las sirenas. Pulga se echó a correr enseguida por la bajada hacia La Olla y, casi a mitad de cuadra, desvió por una peatonal. Se pegó al muro de una casa rosada. Asomó el rabillo del ojo para comprobar que no lo perseguían. Después, Pulga se escurrió bajo la sombra de los fresnos, esquivó una patota de perros herejes y saltó el muro de su casa. Se quitó el traje, se metió bajo la ducha, se refregó la sangre de las manos. Sacó del tendedero los jeans y la casaca de Defensa y Justicia. Guardó en la mochila un buzo y la bolsita con la plata que escondía en un agujero detrás de un zócalo flojo. Salió al patio. La retobada lo aguardaba entre el desparramo de herramientas y las manchas de aceite.

—Dale, morocha —murmuraba Pulga mientras palmeaba el tanque de la motocicleta—. No seas ingrata. No me vengas a fallar justo ahora.

Sin embargo, la Zanella 200 se comportaba cada vez peor. Había amagado apagarse varias veces y no paraba de gruñir. Pulga guardaba la esperanza de encontrar cuanto antes una estación de servicio. No solo la retobada se sentía exhausta: había pasado ya casi día y medio desde la última vez que él se había tumbado en una cama. Ni bien llegaran a un parador, Pulga elegiría la silla más cómoda, depositaría los pies en la silla de enfrente y se echaría una horita de siesta. Luego, pediría las herramientas al encargado y revisaría el motor de su compañera. Sea como fuere, los dos tenían que aguantar hasta Paso de los Libres. Les sobraría el tiempo para descansar una vez que cruzaran a Uruguayana. Allí Pulga le conseguiría gomas nuevas a la retobada como premio por haberse comportado como una señorita. Con todo, ese futuro prometedor no mejoró el humor de la máquina. Luego de tanto pataleo, la Zanella 200 dio un respingo y se detuvo insalvablemente. Pulga intentó reanimarla con dulzura al principio. Pero cuando notó que la motocicleta no respondía, reaccionó con violencia y comenzó a golpearla con el casco.

—Hija de mil putas —masculló Pulga mientras masticaba la arenisca entre las muelas.

Pulga se sentó sobre la hierba. Suspiró y esperó que se asomara un vehículo. A sus espaldas, el sol se iba extinguiendo. En los charcos, las ranas celebraban el inicio de la noche. A ese barullo se sumaba el despelote de los carayás y de las cotorras que llegaba con nitidez desde los montes lejanos. Pulga dejó pasar una hora interminable y, en ese lapso, lo único que cruzó la ruta fue la sombra de los caranchos. No le quedó más remedio que avanzar con la motocicleta a cuestas. Con la última luz del día, Pulga vio garzas que chapoteaban en una zanja. Más adelante, divisó carpinchos dormitando. Poco después, se topó con un puentecito de troncos que conducía a una tranquera improvisada con ramas secas. A lo lejos, los matorrales de espinillo disimulaban un viejo casco de estancia montado con arcilla y techos de latón herrumbrado. Las aristas de esa construcción parecían los trazos de un nenito que aún no dominaba el lápiz. Pulga golpeó las manos dos o tres veces seguidas. Después de unos minutos, apareció por el sendero un hombre delgado, inexpresivo, fibroso. Caminaba con paso delicado, teatral, como si avanzara sobre una cuerda floja.

—Buenas noches —dijo Pulga.

El hombre contestó levantando la mano. Se acercó a la tranquera y lo examinó con sus ojos inquisitivos, ocultos en las trincheras de sus cejas espinosas.

—Se me paró la moto —dijo Pulga—. Ando buscando una estación de servicio, pero se ve que por acá no hay ninguna.

—Pase —dijo el hombre y corrió la tranquera.

Avanzaron en silencio. Pulga notó que el hombre enderezaba el torso como si tuviera la columna vertebral amarrada a una regla. Parecía obstinarse en compensar el equilibrio de algo que sostenía sobre su cabeza. Miró sus pies y descubrió que llevaba unos botines de ortopedia de cuero marrón oscuro, plagado de manchas y de arañazos. El hombre se detuvo frente a una mesa que se recostaba contra el tronco de un mango igual que un perro viejo. A su alrededor proliferaban sillas de madera, sillas de paja, sillas de metal, sillas de plástico.

—¿Cómo es su santo? —preguntó el hombre con un acento veloz y desarticulado que parecía masticar las palabras en vez de expulsarlas.

—Mi familia me dice Pulga —contestó.

El hombre se sentó delante de un mate y una pava ennegrecida. Movió la cabeza para señalar las sillas. Pulga estacionó la motocicleta no muy lejos de él. Eligió una silla de caño con tapizado de cuero falso y soltó un suspiro al sentarse. El hombre lo estudiaba con sus ojos de carancho mientras se acariciaba el bigote que cultivaba encima del labio rugoso y abultado como una larva.

—Se ve que le erraron el cálculo —dijo—. Esperaban un Pombero y les salió un Caá-Porá.

—Así parece —contestó Pulga y prefirió no preguntarle si lo que había proferido se trataba de una burla.

—A mí me bautizaron Justo —dijo el hombre—. Capaz porque no esperaban de mí ni más ni menos.

El hombre elaboró una sonrisa a lo Clark Gable. Pulga también sonrió. Comprendió que el hombre intentaba mostrarse hospitalario a pesar de su aspereza. Justo le convidó un mate. A fin de no despellejarse la lengua, Pulga lo bebió muy despacio.

—¿Y qué anda haciendo por esta ruta alejada de la mano de Dios? —preguntó Justo.

—Ando de viajero —mintió Pulga—. Vengo de Formosa y voy rumbo a la Patagonia.

—Va ligero de equipaje —dijo Justo.

Pulga sonrió nervioso. Se arrepintió de haber fabricado una mentira tan barata.

—Así es como me gusta moverme —contestó Pulga—. Sin nada que me doble la espalda.

Justo lo escudriñó en silencio. Se acariciaba el bigote como si se tratara del lomo de un gato.

—Me encantaría decir lo mismo —murmuró con aire meditativo—. Pero a mí me gana la mala costumbre.

—¿A qué se refiere? —preguntó Pulga sin entender.

—Venga conmigo —dijo Justo y se puso de pie.

Pulga siguió al hombre por un sendero escondido entre el pastizal alto. Vio más adelante una construcción que parecía un panteón abandonado. A su alrededor se desparramaban ruedas llenas de agua verde, cilindros y radiadores oxidados, montículos de tubos y de cables retorcidos, el esqueleto de una furgoneta Volkswagen y, por doquier, sillas, esqueletos de sillas: sillas de oficina, sillas de restaurante, butacas, sillones, mecedoras, divanes, silletas.

—¿Tiene un taller ahí? —preguntó Pulga.

—Me entretengo arreglando cosas —contestó Justo—. Aunque de motores no entiendo mucho.

—Entonces tendrá herramientas para prestarme —dijo Pulga tratando de contener su alborozo.

—Seguramente —dijo Justo.

El hombre sacó un manojo de llaves del bolsillo. Retiró un candado macizo, opaco, duro como la coraza de un cascarudo. Tuvo que tirar con violencia para que la puerta de hierro se desprendiera.

—Tenga cuidado con la frente —advirtió.

El hombre se inclinó y penetró en una penumbra húmeda, opresiva, entretejida de telarañas polvorientas. Pulga tuvo que doblar la cintura para seguirlo. El hombre cerró la puerta tras él. Durante un instante que le pareció eterno, Pulga no percibió otra cosa que un calor espeso, irrespirable, cargado de esporas y de herrumbre.

—No tengo luz eléctrica —dijo Justo mientras esparcía objetos en la oscuridad— pero podemos arreglarnos con el sol de noche.

El hombre soltó dos veces la chispa de su encendedor de bencina. A la tercera, consiguió que la llama de gas se avivara. Pulga vio entonces que las paredes estaban tapadas con patentes de vehículos de diferentes épocas y territorios, frascos con clavos, tuercas, tornillos, resortes, municiones, colecciones de serruchos, de machetes, de cuchillos sin mango, de mangos de hueso, de madera, de caucho, filas de llaves agrupadas con alambres, con cables, con hilos de pescar, con tiras de tela, tachos plagados de monedas, de anillos, de cabezas de muñecos, de crucifijos, ganchos con correas de distribución, con llantas, con lonjas de cuero, con tiras de alambre de púa, con cadenas de moto y de bicicleta, con palancas de cambio, con volantes, pilas de cajones de metal lastimado, de baúles vencidos, de valijas atacadas por una pátina de color rojo que imitaba los salpicones de sangre.

—Ya me voy dando cuenta de lo enorme que es su mala costumbre —dijo Pulga fingiendo interés por la extravagancia de ese hombre. De golpe, sintió como si hubiese aterrizado en medio de un slasher de bajo presupuesto, una copia de La masacre de Texas montada a los ponchazos. Se mordió el labio inferior para no reírse. Los gemelos no le creerían cuando les contara.

—¿Le gusta? —preguntó Justo—. Y eso que todavía no ha visto lo que guardo en mi casa.

—Me imagino —dijo Pulga manteniendo su tono de asombro impostado—. Pero ya que estamos, ¿me podría prestar sus herramientas? Arreglo la moto y después me muestra el resto de su colección.

—Por supuesto —dijo Justo—, no hay ningún apuro. Fíjese ahí, debajo de la mesa. Dentro de un cofre encontrará lo que busca.

Pulga primero probó agacharse. Pero como el espacio muy era estrecho no tuvo más remedio que echarse en cuatro patas. La lámpara del hombre no alcanzaba a iluminar el hueco. Pulga extendió entonces los brazos y palpó aristas polvorientas, grumos pegajosos, cáscaras que se desmenuzaron con el roce. Sintió por fin la aridez de un herraje y la superficie barnizada de una tabla. Aferró el objeto con la punta de los dedos y lo trajo hacia la luz. Le pasó la mano por encima para quitarle el polvo. Destrabó los cerrojos. Levantó la tapa. Las bisagras desprendieron un crujido funerario. Luego, Pulga torció la nariz con repugnancia: en vez de herramientas, encontró una pierna ortopédica. Vio en ese objeto el signo de una burla que, desde el principio, Justo había tramado a sus expensas. Irritado, Pulga hundió la mano bajo la casaca de Defensa y Justicia para increpar al hombre con el puñal. Sin embargo, Justo le ganó de mano con un mazazo que lo dejó fuera de combate.

Justo depositó la maza sobre la mesa. Se limpió las manos con un pañuelo adornado con listones geométricos. Se puso guantes de látex. Recogió el puñal y lo metió en un cajón donde guardaba muchos otros puñales. Apagó el sol de noche. Levantó las piernas de Pulga, lo sacó del recinto y lo arrastró por el pastizal. Los saltamontes se apartaban asustados. Los coágulos de sangre se confundían con los élitros de los escarabajos.

Justo entró en la casa a oscuras. Soltó sin cuidado las piernas de Pulga sobre el piso de granito. Sus pies reventaron en el suelo como manzanas que se desprenden de las ramas. Justo encendió un sol de noche. La luz enfermiza reveló las paredes llenas de láminas de piel curtida con reproducciones del cuerpo humano a la manera de los tratados de medicina del Barroco. Sobre una mesa se desparramaban mecanismos de hierro, de madera, de caucho, de cuero, de vidrio, de hueso, que remedaban esas extremidades, esos órganos, esas articulaciones, esos apéndices dibujados con libertad desmedida.

Justo arrastró hasta el cono de luz un bulto tapado con una sábana. Retiró la tela y examinó el objeto, una silla de estilo victoriano que, en vez de patas, tenía un par de diminutas ruedas de radio. Del extremo superior del respaldo partían dos estacas paralelas cruzadas por un cilindro de hierro macizo. De ese cilindro colgaba un soporte cuadrangular en cuyo centro había un tensor que sostenía una máscara de cuero guarnecida con hebillas. Debajo de la máscara se acomodaba un collar, también de cuero, circundado por un anillo metálico que se acoplaba a las estacas del respaldo por medio de barrotes. El soporte cuadrangular sostenía en sus vértices dos cuerdas de tripa trenzada que remataban en anillos de madera. En cada anillo había una manga montada con una serie de correas unidas a varillas que en el extremo inferior se ramificaban para asumir la forma de guantes. El armazón de la silla sostenía un corsé con franjas de cuero que remedaban costillas. A la parte posterior del corsé se adhería una planchuela perforada cuyo extremo superior se ensamblaba al collar. En cada rueda se atornillaba una bota con suela de madera pulida y caña reforzada con clavijas y listones de metal. Detrás del respaldo se empotraba un tablero enmarañado de tubos de bronce, relojes medidores, palancas, manivelas.

Ayudándose con una tijera, Justo le quitó la ropa a Pulga. Con una esponja le retiró la tierra, la transpiración, la sangre seca de la piel. Le recortó el pelo esmerándose en que no le quedaran demasiados huecos en el cráneo. Le desinfectó la herida que la maza le había provocado en el cuero cabelludo. Luego amarró su cuerpo a la silla, engarzando cada extremidad en la sección que le correspondía.

Justo esperó un lapso prudente. Incluso aprovechó ese tiempo muerto para revisar las últimas anotaciones que había agregado a la vetusta versión de De humani corporis fabrica que había heredado de su padre. Sin embargo, Pulga insistía en quedarse desmayado. Justo entonces abrió el cajón de la mesa, sacó la picana para ganado y le aplicó una descarga en el muslo. Pulga despertó pegando un grito que la máscara se encargó de sofocar.

Al principio, Pulga no supo dónde estaba. Pero pronto reconoció los ojos de carancho que lo escudriñaban. La irritación se transformó en pánico cuando Pulga comprendió que no podía mover ningún músculo: la silla sujetaba cada milímetro de su cuerpo.

—Por fin —dijo Justo—. El golpecito que recibió no fue para que se echara una siesta.

Incapaz de mover la boca, Pulga emitió un sonido que pareció un mugido remoto.

—Mida sus maneras, caballero.

Pulga intentó gritar de nuevo pero lo que le salió esta vez fue ese silbido que produce el viento norte cuando se filtra por las rendijas.

—Mi padre era muy recto, muy firme. Lo que se suele llamar un modelo de conducta. Él me enseñó que el hombre es la medida de todas las cosas. Lamentablemente, a mí me llevó mucho tiempo comprender esta verdad.

Justo sacó una foto del bolsillo y se la mostró a Pulga. En ella se veía a un médico de corbata rigurosa y delantal almidonado sosteniendo de la mano a un niño con aparatos ortopédicos en las piernas.

El hombre es la medida de todas las cosas no significa que todo es aceptable. Al contrario: lo que quiere decir es que uno se erige como metro solo en el preciso momento en que se ajusta a la norma.

Justo guardó la foto y rodeó la silla. Pulga intentó seguirlo con la mirada pero enseguida lo perdió más allá del rabillo del ojo, entre los nubarrones que fabricaban las gotas de sudor amargas mezcladas con las lágrimas de rabia.

—Le dicen Pulga y no por lo pequeño —oyó que Justo decía a sus espaldas—. Ahí hay algo que no está bien. Usted se evade de la norma y eso es inaceptable. Pero no se aflija. Yo conozco la manera más conveniente de corregir esa desviación.

Pulga percibió en la espalda un traqueteo de engranajes. Luego comenzó a sentir una opresión creciente en cada hueso, en cada cartílago, en cada vértebra, que lo obligó a aullar de dolor. Pero lo único que alcanzó a emitir fue un crujido menguado, diminuto, imperceptible, como el de un insecto que se revienta con las uñas.


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