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Método

Método

Cuento de terror slasher tango publicado en Revista Ragnarök Nro. 9 (Diciembre de 2018).

Ilustración: Damian Duarte.

MÉTODO

Firpo sacudió el paquete de Parisiennes. Mordió el cigarrillo más prominente. Le dio lumbre con un encendedor de bencina y lo chupó hasta que las mejillas se le hundieron bajo las muelas. El humo viboreó en su pecho durante largo rato. Después lo dejó salir despacio por las fosas nasales.

Detrás del volante, Firpo vigilaba la entrada de la milonga. En la puerta se plantaba Bruno con cara de pocos amigos. A Bruno no le gustaba hablar mucho. No porque despreciara la charla sino porque —al igual que su bigote desparejo— era ese su mejor método para disimular su labio leporino. Bailaba bien, sin embargo. Bruno lo sabía porque Firpo se lo había dicho. Y, de este modo, Bruno se había convertido en un privilegiado: no eran muchos los que contaban con esa bendición. Cada tanto había alguno que salía a boquear por ahí que el maestro en persona lo había felicitado. Pero muy pronto los hechos se encargaban de desbaratar ese rumor. La bendición de Firpo no era algo invisible, tejido de puras habladurías: era una marca que se ostentaba como una cicatriz de combate.

De repente, Firpo oyó una carcajada detrás del coche. Espió por el retrovisor y atisbó una pareja que bajaba por calle Bolívar. El hombre era delgado, de pelo enrulado y oscuro, bigote fino y barba mefistofélica. La mujer era más esbelta que él, más pálida. Parecía descendiente de galos. Poco a poco, la voz de Mefistófeles —Firpo bautizó al hombre con ese apodo— iba ganando contorno. Era aguda, artificiosa, arrebatada quizá a causa del vino. En cambio, la voz de Gala —Firpo eligió ese nombre para la mujer— fluía en un castellano mecánico, indeciso, como el de una alumna de primaria que intenta leer en voz alta por primera vez. El reflejo de Gala y Mefistófeles se fue agrandando en el retrovisor hasta que ambos saltaron del espejo y se escabulleron por la ventanilla del acompañante.

Firpo esperó un largo minuto. Luego abrió la puerta, mordió el cigarrillo y se apoyó sobre el bastón para levantar su cuerpo monolítico. Antes de iniciar la marcha, Firpo acarició el techo del automóvil como quien roza el cráneo de un mastín. Adoraba ese coche. Era un Rambler Ambassador del 63. Lo había descubierto una madrugada que salía del Viejo Almacén de San Telmo. La pobre máquina parecía una calavera herrumbrada en el fondo de un callejón sin luces. Ni bien la vio, Firpo se enamoró con locura. A fin de restaurarla, Firpo no vaciló en gastar todo lo que había ganado en su primera gira por Europa.

Firpo caminó despacio, apoyando con cuidado el vértice del bastón. Masticaba la colilla cada vez que le tocaba arrastrar la pierna rígida. Al alcanzar la esquina, Firpo comprobó que la pareja se había detenido a conversar con Bruno en la entrada de la milonga.

—Hace unos días apareció otro abajo del puente Avellaneda —oyó Firpo que decía Gala como si recitara de memoria el titular de un periódico.

—Dicen que estaba descuartizado ––agregó Mefistófeles con aire de intriga—. Que todavía no encontraron las piernas.

—Se las habrán comido los peces —dijo Bruno y soltó una carcajada brutal.

Firpo movió la cabeza imperceptiblemente. De inmediato, Bruno abrió la puerta de la milonga. Firpo aplastó el cigarrillo y entró.

—No me digas —murmuró Mefistófeles con tono confidencial—. ¿Ese no es…?

—Sí —contestó Bruno con voz cortante.

—¿Alguien famoso? —preguntó Gala llena de curiosidad.

—¿Cómo no lo conocés? —murmuró Mefistófeles entre dientes—. ¡Es Firpo!

—El cirujano de la milonga —añadió Bruno con una sonrisa. La cicatriz del labio superior se le enrojecía fervorosamente.

Tiens! —exclamó Gala sorprendida—. ¡Entonces esta noche habrá que lucirse!

—No tenemos opción —dijo Mefistófeles tratando de disimular su entusiasmo.

—Pero, bueno, entren —dijo Bruno con cordialidad exagerada, como si quisiera quitarse de encima a la pareja—. Entren y prueben. Después me cuentan cómo les fue.

Gala y Mefistófeles se tomaron de la mano y atravesaron el umbral. Mefistófeles supuso que podían alcanzar a Firpo si se apuraban. Sin embargo, solo se cruzaron con otras parejas que compartían un cigarrillo, que se besaban, que ensayaban alguna figura más o menos rebuscada. La música viboreaba bajo las baldosas del pasillo, circulaba detrás de los muros como la sangre de un animal embravecido. Al percibir esa vibración, Mefistófeles sentía que sus músculos se le iban templando y adquirían la tonicidad justa para el baile. En su mente anticipaba cada movimiento, cada giro, cada balanceo que muy pronto habría de desplegar con precisión milimétrica: para él, no había borrachera más perfecta que la de la milonga. Y para colmo, fuera de todo cálculo, Firpo estaría presente para juzgarlo.

Mefistófeles no había tenido la suerte de ver bailar a Firpo. No obstante, la leyenda señalaba que Firpo habría llegado a ser el más grande de la historia si el accidente no lo hubiera obligado a retirarse. Tan inmenso era su prestigio, que se contaba que un tal Fortran —un ingeniero venido de Divina Lengua, un pueblito remoto de Corrientes— le había diseñado una prótesis mecánica para que pudiera regresar a la danza. Se decía que Firpo había ensayado en privado durante varias semanas. Los pocos que tuvieron el privilegio de atestiguar esas pruebas revelaron que la prótesis de Fortran constituía una obra prodigiosa: cuando Firpo se calzaba esa pieza mecánica, su destreza resucitaba con una energía que no era de este mundo.

A pesar de ello, Firpo no quebrantó su decisión de abandonar las pistas.

Mucho se especulaba en torno a esa decisión. Algunos sostenían que Firpo era un hombre para el que la palabra era sagrada. Su regreso, por lo tanto, hubiera implicado una afrenta contra ese principio. Pero otros aseguraban que la prótesis de Fortran transformaba a Firpo en un bailarín infinitamente más habilidoso de lo que había sido antes del accidente: ese hecho hubiera determinado una ventaja que sus competidores no habrían podido superar nunca.

Más allá de estos rumores, lo cierto era que Mefistófeles por fin podría darse el gusto de exhibir su método ante el Firpo y, de este modo, obtener de este gran maestro —Mefistófeles suponía ello como una consecuencia inevitable— la bendición.

Gala y Mefistófeles empujaron una enorme puerta cancel cubierta con cortinas de gasa. Ante ellos se manifestó un recinto atestado de almas venidas de países desconocidos y de épocas inconexas. Era este un mundo en donde todas las combinaciones eran admisibles. Del techo colgaban arañas con bombitas de filamento y tiras de terciopelo llenas de polvo. A lo largo de las paredes había filas de sillas de toda clase: sillas de viejos cafés, impares sillas de comedor, sillas con tapizados oscurecidos, sillones desgastados, sillas de plástico a punto de despatarrarse. En ellas se acomodaban al azar muchachas con pantalones de gimnasia, hombres de gomina y traje a rayas, mulatas de vestido escotado y flores en el rodete, travestis con el rímel subrayado, caballeros de cigarrillo con boquilla y bigote recortado encima del labio. La barra se acomodaba a la derecha. En sus mesas se dispersaban conversaciones sobre viajes a Japón, sobre carreras de caballos, sobre escaramuzas en camas ajenas. En ese territorio confuso no había idioma que la ginebra no supiera traducir. A la izquierda, de espalda a los balcones, se erguía el escenario. Sobre él se plantaba una vanguardia de bandoneones que cabeceaban y gemían como lloronas de velorio. Detrás de ellos se acomodaban el piano, la flauta, los violines melancólicos. A un costado, el cantor cerraba los ojos y se lamentaba:

Lástima, bandoneón, mi corazón

Tu ronca maldición maleva

Gala y Mefistófeles hallaron una mesa desocupada. Se sentaron y de inmediato cambiaron sus zapatillas por los zapatos de baile. Gala se colocó unos zapatos de tiras enlazadas cuyos colores se mimetizaban con el tono pálido de su piel. Mefistófeles se calzó unos zapatos de gamuza gris y punteras de charol.

—¿Qué tomamos? —preguntó Mefistófeles.

—Pineral —contestó Gala.

—Buena idea —contestó Mefistófeles.

Gala y Mefistófeles bebieron para envalentonarse. Mientras esperaban a que comenzara la siguiente canción, Gala estudiaba la geometría que elaboraban las piernas en la pista. Mefistófeles, sin embargo, rastreaba a Firpo entre las cabezas inclinadas sobre el estaño. No lo halló de entrada. Más bien vio a muchos amigos que no se decidían a bailar: sabían que Firpo estaba presente.

—¿No te asusta que Firpo haya venido esta noche? —preguntó Gala no sin cierta maldad.

—¿Y por qué tendría que temer a un viejito con pata de palo? —respondió desafiante Mefistófeles.

Ça te fait rire? —exclamó Gala frunciendo las cejas y apretándose la nariz para fingir disgusto—. ¡No seas maleducado!

Los dos se echaron a reír.

Luego de un rato, Mefistófeles pudo distinguir por fin los rasgos aindiados del viejo, sus ojos recelosos, elusivos. Al otro lado del salón, Firpo compartía una ronda de vermú con el contrabajista y la cantante de una orquesta ilustre de otros tiempos. Con ellos Firpo había recorrido Budapest, Moscú, Beijing. La pareja gesticulaba y reía a mandíbula batiente. De a ratos, Firpo comentaba algo y al final tallaba en sus labios una sonrisa que, aunque encantadora, preservaba un dejo de socarronería.

Como toros desorbitados, los bandoneones se largaron a resoplar las primeras notas de una melodía. Luego el cantor señaló, igual que el general de un ejército, hacia el centro de salón y acusó con la voz en carne viva:

Vestido como dandy, peinao a la gomina

Y dueño de una mina más linda que una flor

Gala y Mefistófeles caminaron hacia la pista. El calor de la muchedumbre los arrebató de lleno. Antes de iniciar la danza, Mefistófeles buscó a Firpo entre las mesas. Notó que el viejo los contemplaba con ojos catedráticos. Ese descubrimiento lo enardeció aún más.

Bailás en la milonga con aire de importancia

Luciendo la elegancia y haciendo exhibición

Mefistófeles se agarró a la cintura de Gala y se trabó con ella en un duelo de amagues y contratiempos. Mefistófeles movía los pies con sobriedad calculada, como si graficara sobre la pista la curva de una compleja función matemática. Gala condimentaba ese movimiento con picardías que paliaban un poco ese rigor. Pensaba Mefistófeles que Firpo se había hecho famoso por surcar la pista como un escalpelo. Él, por su parte, se deslizaba sobre ella como un compás.

Araca, cuando a veces oís La Cumparsita

yo sé cómo palpita tu cuore al recordar

Si Firpo había sido alguna vez conocido como el cirujano, pensaba Mefistófeles, entonces no faltaba mucho para que él lo sobrepasara como el arquitecto: el arte de sus pasos (pensaba Mefistófeles) recorría la pista como si se tratara de un territorio inexplorado y construía sobre ella palacios, catedrales y rascacielos como ningún otro bailarín lo había hecho antes.

Pero algo vos darías por ser solo un ratito

el mismo compadrito del tiempo que se fue

La música encaraba sus notas finales. Gala y Mefistófeles elaboraban las figuras que anticipaban el cierre. Mefistófeles no se dejaba llevar ya por la melodía sino por un ritmo mucho más visceral. En eso consistía su método: en seguir la cadencia que le marcaba la sangre bajo la piel. ¿Cuál habría sido el método secreto que Firpo había seguido en sus días de gloria? Esta sería la primera pregunta que Mefistófeles le formularía al maestro luego de que este les concediera su bendición.

Ni bien finalizó la música, los ojos de Mefistófeles acudieron a buscar la mesa de Firpo. Pero allí no había nadie: quedaban solo los vasos con restos de vermú.

—Hijo de puta —murmuró Mefistófeles entre dientes—. Se fue sin darnos su bendición.

—Olvidate —le dijo Gala para animarlo—. ¿Quién necesita la bendición de un viejito con pata de palo?

—¡Epa! —exclamó Mefistófeles frunciendo las cejas y rascándose la barba para fingir disgusto—. ¡No seas tan malhablada!

Los dos se echaron a reír.

—Mejor invitame a tomar algo fuerte —dijo Gala—. Todo este esfuerzo en vano me dio mucha sed.

Gala y Mefistófeles retornaron a la mesa. Brindaron para que Dios se acordara pronto del viejo y se lo llevara cuanto antes así se dejaba de dar tanta lástima en la milonga. Volvieron a estudiar la pista. Sus amigos bailaban ahora despreocupados, libres de la mirada inquisidora de Firpo. Mefistófeles, por su parte, incubaba aún rescoldos de rencor. No podía dejar de pensar que el viejo se había aparecido tan solo para amargarle la noche.

—Dejate de joder —le decía Gala—. Pobrecito viejo. ¿No ves que le dio miedo el sereno y rajó para la cama?

Mefistófeles se largó a reír. Le divertía mucho oír el castellano mecánico de Gala matizado con maneras porteñas. Levantó el vaso y brindó por ese placer tan inocente. Y porque un día ella y él llegarían a ser los patrones de la milonga. Y porque al viejo una de esas noches (si no era que el deseo se había cumplido ya y ellos dos no estaban enterados todavía) lo pisara un colectivo en la avenida San Juan. En el escenario, el cantor se golpeaba el pecho y suspiraba:

Borracho…

Con la melena revuelta,

la corbata floja y suelta

y con rencor al mirar

Gala y Mefistófeles continuaron bailando y bebiendo hasta acabar mareados de tanta milonga y alcohol. No había sido una noche tan mala después de todo. La aparición de Firpo no había significado más que un imprevisto que había demorado levemente el momento de la diversión.

Bailaron hasta caer rendidos. Brindaron hasta que se les acabaron las dedicatorias. Se quitaron los zapatos de baile y se calzaron las zapatillas. Al dirigirse hacia el pasillo de entrada, Mefistófeles cayó en la cuenta de lo aletargado que se sentía. Sobre el escenario a sus espaldas, el cantor se despedía de ellos levantando una copa y anunciando con voz desconsolada:

Esta noche beberemos

Porque ya no volveremos

A vernos más

En el umbral se cruzaron de nuevo con Bruno.

—¿Cómo les fue? —les preguntó.

—Firpo nos dejó con las ganas —contestó Mefistófeles.

Bruno se largó a reír.

—En realidad, preguntaba si la pasaron bien —dijo.

—Pues, claro —contestó Gala, mirando a Mefistófeles con ojos recriminatorios—. Siempre la pasamos bien aquí.

—Vayan con cuidado, eh —dijo Bruno—. Ojo con el sátiro ese que anda suelto.

Gala y Mefistófeles encararon por calle Bolívar hacia la avenida San Juan. Mefistófeles caminaba con la cabeza apoyada sobre el hombro de Gala. A Gala le parecía que la madrugada había refrescado un poco más de la cuenta para lo templado que venía siendo octubre. No circulaban autos por las calles. La luz de la avenida San Juan se esparcía sobre el empedrado como lentejuelas. Tan vacío estaba todo, que Gala podía oír el eco de sus pasos rebotando en los balcones franceses: ese sonido resultaba un objeto de colección en esa ciudad tan escandalosa.

—¡Hey! —exclamó Gala—. ¿Estás despierto?

—Sí, mamá —murmuró Mefistófeles.

—Mirá que te voy a dejar durmiendo así vestido —dijo Gala.

—Ya sé, mamá —murmuró Mefistófeles.

—Y no me va a importar si te desplomás en el suelo antes de llegar a la cama —dijo Gala.

—No me importa, mamá —murmuró Mefistófeles.

—Mejor te dejo en esta esquina. Chau —dijo Gala.

—No, mamá —murmuró Mefistófeles—. No me dejes.

—Un poco más de convicción no te vendría mal —dijo Gala.

Mefistófeles sonrió, le besó el cuello y siguió sin separar la oreja del hombro de Gala. Cruzaron la avenida San Juan, vacía y agrietada como el lecho de un río muerto. El único movimiento que percibieron fue el de una sirena que a los gritos atravesaba el Bajo. Pronto se internaron en la oscuridad bajo la autopista. En la vereda de enfrente, Gala divisó un automóvil antiguo, muy bien conservado. Sus líneas abruptas le recordaban esos modelos llamativos que aparecían en las películas de mafiosos. Los matones preferían esos coches porque podían apilar dos o más cadáveres en el baúl.

—Mirá, mirá —dijo Gala—. El auto de El padrino.

Mefistófeles levantó la cabeza, se restregó las pestañas y entrecerró los ojos para tratar de adivinar en la oscuridad.

—Es un Rambler Ambassador —contestó Mefistófeles—. Parece más bien un auto de El padrino II.

En ese instante, Mefistófeles sintió un golpe en la nuca. Las piernas se le aflojaron y se derrumbó sin atinar a protegerse la cabeza. Trato de levantarse, pero lo único que pudo hacer fue atisbar desde el suelo los ojos desesperados de Gala que intentaba gritar en vano, con la boca tapada por un guante negro.

* * *

El sonido llegaba hasta él como si estuviese flotando en algo espeso, dentro de uno de esos tanques que los extraterrestres de las revistas pulp utilizaban para estudiar la anatomía de los humanos. Sin embargo, sintió en la carne el frío de una habitación refrigerada, de unos muros aptos para sofocar hasta el grito más quebrantado. Separó apenas los párpados y el resplandor de las lámparas se le enterró en las retinas como el aguijón de un alacrán. Intentó levantarse, pero no pudo: su cuerpo entero estaba adherido a una superficie sin asperezas. La poca fuerza de voluntad que parecía quedarle le abandonó de inmediato. Lo único que supo hacer fue gemir en silencio, a fin de que no se notara que él estaba vivo.

De repente oyó pasos. Una caminata sincopada, en la que la coordinación de los pies sonaba fallida. Oyó una puerta que se abría sin ruido, lubricada con esmero. Oyó cómo se entrechocaban ciertas piezas de metal con ese mismo eco espantoso con el que suenan los instrumentos en el consultorio del dentista. Luego vio la silueta de una cabeza eclipsando el resplandor de las lámparas. Poco a poco, la sombra fue adquiriendo definición: por encima del barbijo distinguió los rasgos aindiados, los ojos elusivos, siniestros.

—Firpo —balbució apenas Mefistófeles.

El viejo asintió como si ejecutara un saludo protocolar.

—Qué le hiciste —balbució Mefistófeles.

Firpo ladeó la cabeza lentamente igual que un médico que anuncia una mala noticia.

—Hijo de puta —balbució Mefistófeles e intentó sacudirse.

Firpo le acarició el pecho. Mefistófeles sintió la textura pegajosa del látex, similar a la piel de una salamandra. Firpo se apartó de la lámpara. Mefistófeles volvió a oír el ruido de instrumental odontológico.

—Cómo hacés para bailar tan bien —preguntó Firpo. Su voz sonaba apaciguada, remota, como el trueno de una tormenta que se aleja.

Mefistófeles interpretó la pregunta como una ofensa. Incapaz de defenderse, no pudo más que soltar sollozos de rabia, plagados de saliva contaminada con sedante. Trató de disimular su desamparo antes de contestar.

—Lo llevo en la sangre —balbució tratando de que la respuesta sonara como un insulto.

Firpo detuvo su actividad un segundo. En ese instante inmenso no se sintió más sonido que el rumiar de los fluorescentes.

—Eso mismo le expliqué aquella vez al ingeniero Fortran —dijo Firpo—. La milonga no es un asunto de mecanismos bien aceitados, ni de tuercas y engranajes.

Mefistófeles oyó el giro de una perilla. Luego sintió una carga de bandoneones que le provocó un sobresalto bestial. El tango sonaba macabro, como la grabación de un fallecido. Poco después entraron los violines y su estridencia se confundió con la rotación de una sierra. Mefistófeles no comprendía ya qué sucedía, a qué correspondía cada sonido que le llegaba. Su cuerpo, sin embargo, supo anticipar lo que le aguardaba. Por esa razón, se largó a temblar con salvajismo.

—La milonga es cosa de músculos bien templados, bien calientes y vivos —dijo Firpo—. Si no hay sangre, no hay milonga.

De inmediato, los dientes de la sierra comenzaron a mordisquear el muslo derecho de Mefistófeles, y su alarido se confundió con la voz doliente del cantor que suspiraba:

Tengo el corazón hecho pedazos

rota mi emoción en este día.


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