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  • Corrientes, Argentina

La casa de arena – fragmentos

EN CORRIENTES no hay nada más puro que el aire de una mañana de diciembre. Sentado en el umbral de un almacén, Mauro pensaba que la verdadera señal de un día nuevo es ese aroma blanco y sin ruido que, lleno de deseo, uno aspira como un recién nacido que chupa la teta de su madre. Ese aire basta para curarnos del mal de la víspera que se ha prolongado más de lo debido en el calor de la madrugada, en los mosquitos, en la chuchería de sueños que fabrica el insomnio: obra como un bautismo que nos aligera de toda culpa.

Mauro recogió la bolsa de cartón satinado que descansaba sobre sus pies. Se levantó, mentalmente dio gracias a la resaca por el alivio concedido y cruzó la calle. Traspasó los caballetes encadenados al perímetro. Miró con curiosidad los surtidores de nafta, los tableros apenas discernibles tras los vidrios polvorientos, las mangueras llenas de pinchaduras en el suelo. Espió por entre las tablas que tapaban las ventanas de la cafetería. De las antiguas mesas y las vitrinas quedaban solo unos negros esqueletos retorcidos. Las paredes estaban surcadas por grafitis y por dibujos pornográficos. Atravesó el estacionamiento. Escudriñó tras el parabrisas de un Falcon que carecía de ruedas. Vio una madreselva que penetraba bajo las butacas despellejadas y se enredaba a sus resortes. Al levantar la cabeza, Mauro descubrió una puerta a la altura del techo. Hasta ella ascendía una escalera de metal.

De golpe, en medio del pánico, Ariadna se vio a sí misma encarnando el objeto de una ironía atroz: sin su madre, su alma no era más que un hueco, una caja de resonancia vana, como la de su violín.

Mauro se encaminó hasta allí arriba. Al llegar al descanso, depositó la bolsa entre los tobillos. Comprobó que la puerta tenía una chapa que decía

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Más abajo había los restos de un afiche que había sido rasgado. Se podían entrever fragmentos de una imagen del puente y pedazos de palabras:

desp    t n     s    n m ulos

A la cerradura le faltaba el picaporte. Mauro empujó la puerta pero no pudo abrirla. Entonces golpeó y aguardó. Nadie contestaba. Mauro volvió a golpear, esta vez con mayor fuerza. La falta de respuesta lo exasperaba.

­—¡Abrime, Pablo! —gritó—. ¡Yo sé que estás ahí adentro!

Al principio pareció no haber ninguna reacción. Pero poco después hubo un ruido de cerrojos y el sonido como de un pesado mueble que se arrastraba. Se abrió una breve rendija a la que se asomaron unos ojos desconfiados.

—¡Dale, boludo! ¿No ves que soy yo?

Rezongando, Pablo hundió la cara en la penumbra y liberó la puerta. Mauro recogió la bolsa de cartón, empujó la puerta suavemente y entró en la pieza. Se recostó sobre la cajonera de metal con la que Pablo aseguraba la entrada y esperó a que sus ojos se adaptaran a la sombra.

—¿Qué hora es?

—No sé. Deben ser como las siete.

—Para qué tan temprano —suspiró Pablo y se tumbó en el colchón.

De a poco Mauro pudo discernir que el espacio no era muy amplio. Había por todas partes montículos de cajas y carpetas que a veces alcanzaban el techo.

—Cuando me agarra el aburrimiento me pongo a leer esos archivos —murmuró Pablo—. A vos te encantarían. Más que legajos, son registros policiales. Impecable el trabajito que hacía esta gente.

En Corrientes no hay nada más puro que el aire de una mañana de diciembre. Sentado en el umbral de un almacén, Mauro pensaba que la verdadera señal de un día nuevo es ese aroma blanco y sin ruido que, lleno de deseo, uno aspira como un recién nacido que chupa la teta de su madre.

ARIADNA CERRÓ Cerró el grifo. De su piel cubierta de rocío se desprendían remolinos de vapor que le nublaban los ojos. Recogió el toallón que colgaba a un costado y se envolvió el cuerpo. Reunió su pelo encima del hombro y lo retorció destejiendo hilos de agua jabonosa que le reventaban los dedos de los pies. Lió su melena en otra toalla y se la acomodó como un turbante encima de la cabeza. Salió de la bañadera. Cruzó la galería y entró en el estudio. Se derrumbó en el sillón de cuero junto a la puerta. Tendió el brazo hacia la mesita del costado. Sacó del cajón un pequeño cofre de madera y lo depositó sobre su regazo. Acarició la etiqueta verde de la tapa. Tenía la palabra MERCATOR impresa con letras blancas y la silueta del geógrafo en un óvalo dorado. Abrió el arcón. En su interior había un puente de violín, dos o tres cuerdas enrolladas, una fotografía marchita de ella, aún niña, sobre el escenario del Teatro Vera, interpretando la Sonata a Kreutzer junto a su madre en el piano. Encima de esa imagen reposaba un encendedor de bencina plateado y una media docena de porros. Ariadna eligió uno, lo encendió y aspiró de su pico con moroso deleite. Inclinó la cabeza sobre el respaldo y, por entre las bocanadas de humo almibarado, miró las rajaduras que recorrían el cielorraso. Podía percibir bajo la superficie la irrigación afiebrada, muda, constante, a cuyo ritmo las paredes palpitaban lo mismo que la piel por el latido de la sangre.

Pablo rodeó un viejo Mercedes 1114 decorado con una ballena blanca que llevaba un arpón enterrado en el lomo. En la escalerilla de la puerta delantera vio a un nenito descalzo que se entretenía inspeccionando un frasco amarronado. En el interior de ese frasco se enroscaba una enorme lagartija. La lagartija parecía que masticaba una mosca.

Rememoró cómo todo aquello había comenzado. Fue durante la época en que a su madre se le declararon las fiebres que la obligaban a quedarse en cama días enteros. En ese tiempo, Ariadna había iniciado la lectura de Il Trillo del Diavolo con la puerta del estudio abierta a fin de que su madre le dictara instrucciones desde la sala de invitados. Su padre había transformado ese lugar en una enfermería improvisada. Siempre volvía él de las farmacias con ampollas de óleo vegetal, frascos de semilla molida y polvo de hueso. Luego se pasaba horas en la cocina preparando caldos con ajenjo, jengibre, ruda, raíz de mandrágora. Pero ella no mejoraba. Con el correr de las semanas su madre fue perdiendo el habla. Se asomaba a duras penas al umbral de la sala y desde allí interrumpía las lecturas de Ariadna machacando una pequeña pizarra negra con la punta de una tiza. Poco después no tuvo ya más fuerzas para levantarse de la cama. Luego de lo cual su padre la trasladó junto con todos sus enseres al dormitorio y se encerró con ella. Para enterarse de cómo estaba, Ariadna se escabullía a la madrugada. Recorría la galería hasta el fondo de la casa y se acurrucaba en el umbral durante horas, con la oreja apoyada en la cerradura. Así transcurrieron una multitud de noches en vela, procurando descifrar el significado de cada cuchicheo que alcanzaba a escuchar. La última vez que Ariadna se hubo asomado, halló del otro lado un silencio de abandono. Temió que sus padres se hubiesen marchado sin dar aviso cuando de repente oyó algo. Sintió que su madre inspiraba profundamente y, luego de contener el aire unos instantes, soltaba un rebuzno terco y lastimoso. Espantada, Ariadna atravesó el patio corriendo, sin prestar atención a los abrojos que se le adhirieron al camisón y le arañaron sus tobillos desnudos. Ariadna entró en su dormitorio y se ocultó bajo las sábanas. Imaginó que aquel ruido no había sido más que el rezago de un sueño o la pata de un mueble movido por accidente. Sin embargo, ese sonido se imponía por su irrefutable evidencia y no dejaba de reverberar en su interior. De golpe, en medio del pánico, Ariadna se vio a sí misma encarnando el objeto de una ironía atroz: sin su madre, su alma no era más que un hueco, una caja de resonancia vana, como la de su violín.

Cara o cruz, se preguntó. Se acordó entonces de aquel cuento de Borges en el que un viejo vagabundo apretaba una moneda de una sola cara. ¿Qué pasaría si uno arrojara al aire esa moneda? Cara o cruz, se dijo y sonrió con amargura.

PABLO CRUZÓ LA AVENIDA y se metió en el entrevero de coches que se deterioraban en los carriles centrales. A ninguno le quedaban ya las ruedas, ni los parabrisas, ni los faros, ni las butacas. Las 4 x 4 japonesas solían tener el chasis plagado de abolladuras porque aún había gente que se daba el gusto de apalearlas con ensañamiento. Los colectivos, sin embargo, la pasaban mucho mejor. Tenían las ventanillas defendidas con tablones desprendidos de los acoplados de madera y de los carteles de tránsito. Las carrocerías se diferenciaban mediante grafitis que señalaban los clanes a los que cada cual pertenecía. Pablo rodeó un viejo Mercedes 1114 decorado con una ballena blanca que llevaba un arpón enterrado en el lomo. En la escalerilla de la puerta delantera vio a un nenito descalzo que se entretenía inspeccionando un frasco amarronado. En el interior de ese frasco se enroscaba una enorme lagartija. La lagartija parecía que masticaba una mosca.

Inclinó la cabeza sobre el respaldo y, por entre las bocanadas de humo almibarado, miró las rajaduras que recorrían el cielorraso. Podía percibir bajo la superficie la irrigación afiebrada, muda, constante, a cuyo ritmo las paredes palpitaban lo mismo que la piel por el latido de la sangre.

Pablo se detuvo un poco antes de alcanzar la curva que ascendía al puente. Se ocultó tras el esqueleto de un Peugeot 404 tumbado sobre el carril a modo de barricada. Espió entre los huecos de las ventanillas y divisó a lo lejos el vallado que circundaba el acceso. Un gendarme se plantaba a pocos pasos del cementerio de automóviles. Silbaba con fuerza la melodía de Condemnation y la acompañaba con palmaditas que soltaba sobre la culata del fusil. Detrás de él, sentado bajo el alero en ruinas de la garita de guardia, había otro gendarme. Parecía haberse quitado los borceguíes hace un instante y, ya aliviado, se cebaba un mate mientras se apretujaba los dedos de los pies. Será que está vez tendré suerte, se preguntó Pablo. Metió la mano en el bolsillo y encontró la moneda que Ariadna le había dado. Pablo la arrojó al aire, la dejó caer sobre su palma y de inmediato cerró la mano. Cara o cruz, se preguntó. Se acordó entonces de aquel cuento de Borges en el que un viejo vagabundo apretaba una moneda de una sola cara. ¿Qué pasaría si uno arrojara al aire esa moneda? Cara o cruz, se dijo y sonrió con amargura. Pablo comprendió enseguida que, sin Ariadna, él no era más que un paria: de golpe, él se había convertido en Isern, rey de los Secgens, portador del disco de Odín. Sin preocuparse ya de revisar su mano, Pablo devolvió la moneda al fondo del bolsillo y se alejó del puente. Tras él se elevó el silbido del gendarme que atacaba el final del estribillo de Condemnation y su eco se multiplicó por encima del río, de las copas de los lapachos, de las antenas de los techos, como el villancico más doloroso del mundo.

If for kindness you substitute blindness

Please, open your eyes

Pablo atravesó la avenida y se encaminó por un sendero oblicuo que cruzaba la Plaza Belgrano. Se detuvo frente a la estatua cubierta de ceniza y de telarañas: era la parodia de Moisés enseñando las Tablas de la Ley. Belgrano mostraba al pueblo la bandera recién creada. Sin embargo, el pueblo le daba la espalda y se arrodillaba ante un becerro de oro. La divinidad bovina había asumido muchos nombres durante doscientos años de historia. Hoy se llamaba Videla. Era de esperarse que mañana admitiera otro apellido. Después de todo, los uniformes militares ya estaban pasando de moda en el mundo civilizado: lo que se usaba ahora eran los trajes de Armani. No sería raro entonces que, dentro de poco, el pueblo entronizara al hijo de un empresario mujeriego y alcohólico, un niño consentido cuyas manos inmaculadas no conocieran otro esfuerzo que el de tomar clases de tenis tres veces por semana, de cuya piel se desprendiera un perfume de navidad neoyorkina, plagada de taxis amarillos y de muñecos de nieve, y en cuyos ojos brillaran la sagacidad y la clarividencia, virtudes exclusivas de los titanes de los negocios. A esto, a fin y al cabo, se reducía la democracia para este país de idólatras: a seguir los caprichos de la moda.

Ariadna sentía la reverberación del sonido. Le parecía tener los pies hundidos en un hormiguero y sentir en la carne blanda los mordiscones de las hormigas coloradas.

EL SONIDO SEGUÍA FLUYENDO sostenido, histérico, monocorde, a pesar de la música de fantasmas que los parlantes musitaban como si fuera un rezo. El sonido no cesaba por más que Ariadna se cubriera la cabeza con la almohada o se llenara los oídos con algodón. Sabía que ese sonido se dirigía a ella, la reclamaba a pulmón pelado como reclamaba a la madre el llanto de un niño. En realidad, ese sonido siempre había estado allí, pisándole las huellas, mordiéndole los talones, reproduciendo como un secuenciador cada palabra (e incluso cada respiración y cada silencio) que ella pronunciaba. Nunca se había apagado. Nunca se había interrumpido. Nunca había conseguido erradicarlo de esa vigilia de pesadillas. Era evidente que de nada le serviría perforarse los tímpanos con la punta de la tijera como Edipo se había perforado los ojos con el prendedor de Yocasta. Ariadna retiró la cabeza de debajo de la almohada, se dio la vuelta, miró el techo. Vio cómo las rayas de las rajaduras se iban extendiendo lentamente por el cielorraso, cómo sobrepasaban sus aristas y comenzaban a invadir los muros, deseosas de alcanzar de una buena vez las bases de la casa: todo aquello era como ver una higuera creciendo desde abajo de la tierra, igual que una difunta. Ariadna se incorporó suspirando. Parecía que habían pasado millones de años tumbada boca abajo bajo la almohada y, en ese lapso, su cuerpo se había convertido en un bloque de sílice. Se arrastró hasta el borde de la cama y se sentó. Apoyó los codos sobre sus muslos y la cabeza sobre sus manos. Esos fantasmas mudos que salían de los parlantes, reconstruidos con cables y sintetizadores, seguían rondando por la habitación como nenitos a veces melancólicos, a veces desaforados. Sin embargo, bajo la planta de sus pies desnudos, Ariadna sentía la reverberación del sonido. Le parecía tener los pies hundidos en un hormiguero y sentir en la carne blanda los mordiscones de las hormigas coloradas. Ahora ya era tarde. El sonido se le había inoculado en la sangre. Circulaba por doquier y se le acumulaba en el cráneo: Ariadna era una oruga invadida por un ejército de hormigas famélicas. Sentía con cuánta precisión la rebanaban en partes, con cuánta ecuanimidad se repartían esos trocitos de su cuerpo, a fin de aligerar el trabajo del conjunto. No quedaría nada de ella si seguía así, sin hacer nada, sin defenderse al menos.

Se detuvo frente a la estatua cubierta de ceniza y de telarañas: era la parodia de Moisés enseñando las Tablas de la Ley. Belgrano mostraba al pueblo la bandera recién creada. Sin embargo, el pueblo le daba la espalda y se arrodillaba ante un becerro de oro.

Ariadna se puso de pie. Recorrió la habitación con la mirada a fin de descubrir el rincón en el que Mauro había abandonado su cartera. No la distinguió junto a la cama, entre el lío de las sábanas y de su ropa arrugada. No la distinguió en el perchero plagado de bombachas y de corpiños. No la distinguió encima del escritorio agobiado de partituras polvorientas. La distinguió en el respaldo de la silla, colgando de la correa, sobre su camisa leñadora. Ariadna caminó trastabillando. Se sentó en la silla. Abrió la cartera y comenzó a arrojar los objetos que guardaba. Hizo volar el espejo de nácar con forma de lira que su madre solía guardar entre sus partituras. Hizo volar el ejemplar de As I Lay Dying que Mauro le había devuelto después de que escaparon de El Purgatorio. Hizo volar el regalo que Ariadna había preparado para Pablo hacía ya varios días pero que nunca se animó a entregarle: una cajita de té blanco en hebras. Revolvió un poco más y encontró el objeto que buscaba con tanta perseverancia: la tijera de costurero. Ariadna separó la hoja plateada y probó el filo sobre la yema del dedo índice. Se abrió de inmediato un surco del que brotó un hilito de sangre caliente. Ariadna apretó los dientes casi con placer. Se llevó el dedo a la boca y se lo chupó hasta que la herida ardió como una brasa. En momentos como este, en el que la vigilia se convertía en una sala de torturas, un dolor tan sutil como el de ese surco sobre la carne se transformaba en una delicia.

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