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  • Corrientes, Argentina

El intruso. Cap. 1

ME HE LEVANTADO DE LA CAMA, no puedo dormir. Ahora el pensamiento ha invadido también mis noches. Ya no sé qué hacer. Ideas confusas me punzan como alfileres y entonces me parece que chorreo rabia por los poros. No entiendo qué me pasa. Creo que empiezo a volverme loco.

Mamá sigue ahí, bien metida en su tumba como hace un año. Recuerdo que cuando ella murió no pude llorar… Ayer fui a visitarla y a llevarle flores. El bronce de la placa ya no deja adivinar su nombre y el óvalo que atestiguaba su rostro se tornó gris. Un año hace que murió y recién ayer noté su absoluto anonimato. No sé qué sentí. De pronto, se manifestó en mí la seguridad de haberla querido. Fue como un estallido que dilató mi estómago y me produjo náuseas. Pero de inmediato experimenté… algo así como la nada, algo peor que una ausencia o que la misma muerte: yo estaba parado con un ramo de flores en la mano, ante un pedazo de bronce frío y anónimo que me confirmaba implacablemente que nunca había tenido madre. Supe entonces que mi amor había sido siempre una cosa inútil, un desperdicio tan ilimitado como inconsolable. Quise llorar pero grité, grité hasta llenarme de tierra los ojos y la lengua. Los que estaban a mi alrededor, dichosos herederos de la memoria de sus difuntos, me miraron ofendidos. Les rugí a la cara preguntándoles qué mierda miraban. Era mi madre, sí. Mi madre ya bien muerta, doblemente muerta, ni descansando, ni en el cielo, ni en el infierno, sino abonando la tierra como debía y debe ser. ¿Por qué, por qué creer en una especie de inmortalidad, en Dios y todas sus demás mentiras?

Solo sé dormir: una especie de pausa, como cuando se desenchufa el televisor y la pantalla queda oscura con un puntito blanco en el centro que poco a poco se va apagando.

He llegado a la conclusión de que soy un ser estéril, un capullo vacío, sin alma. Sé que todo hombre es dueño al menos de un sueño, que es para él como un tesoro humilde e inmaterial. Pero yo no recuerdo ninguno. Solo sé dormir: una especie de pausa, como cuando se desenchufa el televisor y la pantalla queda oscura con un puntito blanco en el centro que poco a poco se va apagando. No tengo nada acá adentro, aparte de mis intestinos bien llenos de mierda. Cuando me muera, creo que será como este acto de dormir. Tengo la esperanza de que entonces podré tener sueños, sueños de gusano, de semilla seca, de microbio.

*     *     *

En la pared temblequea una ambigua incandescencia morada. Son las letras de neón que auspician el prostíbulo de la esquina. Algunas noches paso por enfrente al volver de La Fábrica. Cada vez me siento más tentado de entrar. Pero al oír las risas histéricas que descienden desde las piezas… se me ocurre imaginar una especie de leprosario y me invade el horror… no, en realidad es otra cosa, algo así como asco, una sensación de suciedad, de un insoportable olor a podrido, no sé… Más bien esta repugnancia se me presenta como una visión espantosa: mi cuerpo chupado hasta el tuétano por innumerables vaginas hambrientas que se turnan para empotrarse sobre el hongo en carne viva que tiembla ahí en el pajonal del pubis.

*     *     *

Tengo la esperanza de que entonces podré tener sueños, sueños de gusano, de semilla seca, de microbio.

Comienzo a desesperar. Siento como si supiese que estoy metido en una jaula pero sin distinguir sus barrotes: encerrado en una libertad aparente. O lo que es peor, puede que sea al revés: que las fronteras de esta cárcel sean, en efecto, inaccesibles y, por lo tanto, uno posea una libertad ilimitada aunque ajena a toda posibilidad de evasión: una reclusión infinitamente peregrina, infinitamente solitaria… Miro la ventana, veo los techos que se extienden escandalosamente hasta la costanera, abajo adivino la calle que pasa delante de mi balcón, a la que recién descubro en la esquina iluminada, escucho el aullido lejano de las bestias en La Fábrica… ¡Pero, si la ciudad es tan inmensa, cómo puede ser que uno…!

Es un hecho inevitable. Lo mismo uno no puede evitar sentirse tan huérfano. Uno lucha por acercarse a todo, uno intenta establecer lazos con el mundo, con los otros hombres, con sus sentimientos e ideas, pero fuerzas extrañas (¿qué? ¿cómo? ¿desde dónde?), misteriosas, se empeñan en mantenerlo siempre apartado. Siempre aislado, separado de ese todo tan ansiado.

Tengo miedo de incurrir en cualquier cosa que se parezca a un acto.

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